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MÁRGENES DE RESISTENCIA

Texto de Núria Nia

En parajes donde sólo el viento, las ramas de los árboles y los pájaros parecen dominar el espectro sonoro, se alzan los Spomeniks, los monumentos de la antigua Yugoslavia que construyen el abanico visual balcánico de los traumas colectivos, los sueños de liberación y la promesa de un pueblo socialista unido.

Alzados entre los '50 y los '80 durante el régimen del mariscal Tito, los monumentos pretendían homenajear a la resistencia partisana ante la ocupación Nazi y proyectar el sueño de un pueblo socialista unido. Es habitual encontrar estos memoriales deslocalizados a miles de kilómetros entre Eslovenia, Bosnia, Serbia, Croacia, Kosovo, Montenegro y Macedonia inmersos en atractivas montañas, siendo tan espectacular su brutalismo pop como lo remoto de su emplazamiento.

El contraste del hormigón armado de los Spomeniks con lo agreste de los bosques desata una mixtura extravagante por la espectacularidad de sus grandes escalas, las formas arriesgadas y los desafíos a la física arquitectónica que se unen a un fenómeno obvio: la resistencia de los memoriales en el tiempo. Alzados como espectros en el límite de los espacios poblados por humanos, en los márgenes, los que siguen en pie permanecen hoy siendo el símbolo de una promesa de futuro que no llegó a cristalizar. Como un recuerdo robado o un futuro secuestrado, los Spomeniks son algo así como hauntologías materiales que devienen fantasmas vivientes de otra era.

Cruce de hoy y de ayer, los pies de un Spomenik son el lugar por el que durante una mañana confluyen las caras afligidas de un grupo de hijos y nietos recordando al abuelo caído en la Segunda Guerra Mundial, con una familia entera de celebración campestre, cocinando, por ejemplo, un Bosanski Lonac, plato típico bosnio.

Bajo el Spomenik, las coronas de flores que marchitan a distintos ritmos, las inscripciones conmemorativas grabadas en décadas varias y el Bosanski Lonac cociéndose a la lumbre, constatan el paso de tiempo más allá de las estaciones: sólo el bosque es testigo del largo periodo necesario para la recuperación colectiva después de los desastres de las guerras.   

MÁRGENES DE RESISTENCIA

Texto de Núria Nia

En parajes donde sólo el viento, las ramas de los árboles y los pájaros parecen dominar el espectro sonoro, se alzan los Spomeniks, los monumentos de la antigua Yugoslavia que construyen el abanico visual balcánico de los traumas colectivos, los sueños de liberación y la promesa de un pueblo socialista unido.

Alzados entre los '50 y los '80 durante el régimen del mariscal Tito, los monumentos pretendían homenajear a la resistencia partisana ante la ocupación Nazi y proyectar el sueño de un pueblo socialista unido. Es habitual encontrar estos memoriales deslocalizados a miles de kilómetros entre Eslovenia, Bosnia, Serbia, Croacia, Kosovo, Montenegro y Macedonia inmersos en atractivas montañas, siendo tan espectacular su brutalismo pop como lo remoto de su emplazamiento.

El contraste del hormigón armado de los Spomeniks con lo agreste de los bosques desata una mixtura extravagante por la espectacularidad de sus grandes escalas, las formas arriesgadas y los desafíos a la física arquitectónica que se unen a un fenómeno obvio: la resistencia de los memoriales en el tiempo. Alzados como espectros en el límite de los espacios poblados por humanos, en los márgenes, los que siguen en pie permanecen hoy siendo el símbolo de una promesa de futuro que no llegó a cristalizar. Como un recuerdo robado o un futuro secuestrado, los Spomeniks son algo así como hauntologías materiales que devienen fantasmas vivientes de otra era.

Cruce de hoy y de ayer, los pies de un Spomenik son el lugar por el que durante una mañana confluyen las caras afligidas de un grupo de hijos y nietos recordando al abuelo caído en la Segunda Guerra Mundial, con una familia entera de celebración campestre, cocinando, por ejemplo, un Bosanski Lonac, plato típico bosnio.

Bajo el Spomenik, las coronas de flores que marchitan a distintos ritmos, las inscripciones conmemorativas grabadas en décadas varias y el Bosanski Lonac cociéndose a la lumbre, constatan el paso de tiempo más allá de las estaciones: sólo el bosque es testigo del largo periodo necesario para la recuperación colectiva después de los desastres de las guerras.